El domingo pasado, me llevaron a New York.
Me despertaron hacia las cinco, porque fuimos en coche, y había unas cuatro horas de camino hasta allá.
Conforme nos alejábamos más de casa, y nos acercábamos más a New York, mi nerviosismo aumentaba cada minuto. Desde pequeña había soñado con ir a aquella gran ciudad, que en tantas películas salía, que tantas veces era mencionada... Y ahora que estaba a unas pocas horas de verla, de andar entre sus rascacielos, fui consciente de la suerte que tenía.
Me despertaron hacia las cinco, porque fuimos en coche, y había unas cuatro horas de camino hasta allá.
Conforme nos alejábamos más de casa, y nos acercábamos más a New York, mi nerviosismo aumentaba cada minuto. Desde pequeña había soñado con ir a aquella gran ciudad, que en tantas películas salía, que tantas veces era mencionada... Y ahora que estaba a unas pocas horas de verla, de andar entre sus rascacielos, fui consciente de la suerte que tenía.
Por fin divisé a lo lejos las siluetas de los altos edificios, y cuanto más nos acercábamos mejor los distinguía. Mi madre americana me señalaba algunos de los rascacielos, diciéndome su nombre o lo más destacable sobre ellos.
Pasamos por encima del río, por el puente de George Washington y aparcamos a las afueras de la ciudad. Como era domingo, no tuvimos que pagar parking. Pero se me ha olvidado contar que aquel domingo, no fue uno cualquiera. Aquel alucinante domingo para mí, también fue el quince aniversario del 11S, para todo Estados Unidos. Muchos de los monumentos importantes y calles estaban cortadas debido a aquello, así que, tuvimos que movernos gran parte en metro. Y fue allí, en el metro, donde me di cuenta de la gran diversidad de personas que había en New York. Allí convivían juntos asiáticos, sudafricanos, americanos, latinos. Todos tan diferentes y tan parecidos, conviviendo juntos, respetándose.
No hay comentarios:
Publicar un comentario